Correos y la estación del Portillo. El futuro parque de los Desagradecidos

Gerardo Sancho. Octubre de 1972. AMZ_4-1_0061455
Acusada de estorbar, la estación del Portillo ha sido condenada, y con ella, el Centro de Clasificación Postal. El suculento solar en el que ambos se hallan será el determinante de una ejecución demorada por diversos motivos, ninguno relacionado con la piedad.
De nada le ha servido a la que entre 1973 y 2003 fue única estación de viajeros de Zaragoza alegar haberse limitado a continuar la labor desempeñada desde mediados del XIX por su antecesora, la llamada del Campo del Sepulcro.
Por cierto, hasta 1971 y con la nueva estación prácticamente terminada no se llegó a la conclusión de que no podía llevar el mismo nombre que la antigua, por ser incompatible con la modernidad. En sesión ordinaria del jueves 12 de agosto el Ayuntamiento dictaminó cambiarlo por el de “Zaragoza-El Portillo”. Se descartaban las candidaturas de Costa, Palafox y Goya. En su columna de El Noticiero el siempre erudito Gil Comín decía que la onomástica era un valor circunstancial y que tratándose de un inmueble del Estado había de pesar más la toponimia. Ponía como ejemplos a Chamartín y Atocha.

Colección Miguel Pascual Laborda. «Tesoros de España – Estaciones de Ferrocarril» Espasa-Calpe. 2000
Descolgado de la Zaragoza desarrollista aquel tramo de la adoquinada avenida de Clavé conservaba un aire de posguerra. Íntegra y a punto de ser centenaria, la fundición Averly seguía funcionando. Enfrente, el cuartel del Cid, vacío ya de tropas, ignoraba que de llegar en pie al XXI su suelo resultaría más valioso que su heroicidad. Las vecinas casas militares imponían el respeto pretendido, aunque no tanto como la Jefatura de Mayandía, en la actualidad a medio derribar para vergüenza de Interior. También se terminaban de enrasar en esa época los que fueron talleres de Mercier, demostrando la prisa que corría levantar los primeros bloques setenteros de Clavé.
Al otro lado de la zanja ferroviaria completaba el paisaje un horizonte de apagadas naves industriales impacientes ante la entrada triunfal de la especulación. También en breve, provocando el lógico sobresalto irrumpiría en ese contexto la conexión con la autovía de Bilbao, tramo que una vez reconvertido en urbano ha venido a denominarse —Dios no sabe por qué— paseo de San Josemaría Escrivá de Balaguer, sin mostrar respeto por el callejón que antes corría paralelo al costado de Averly, cuya placa homenajeaba al músico calandino Gaspar Sanz, que no ha vuelto a tener calle dedicada en Zaragoza.

Avenida de Clavé. 1951. Juan Mora. Mercier a la derecha. La salida de la c/ Madre Sacramento, imperceptible. A continuación, la Jefatura Superior de Mayandía. Las casas militares, y al fondo, el cuartel del Cid. AMZ_4-1_0000875
Habían pasado muchas cosas desde 1933, cuando acorde al espíritu de su tiempo entró en servicio la vanguardista estación de Caminreal, proyecto de Luis Gutiérrez Soto consonante con los de Zuazo repartidos por la línea Central de Aragón. La idea de concentrar allí todo el flujo de viajeros no prosperó por razones que no caben en estos párrafos, optándose por adaptar la línea a favor de la decimonónica Campo Sepulcro, cuyo entorno quedó consagrado al ferrocarril en lo que restaba de siglo.
Llegados los años setenta, para su proyecto del Portillo los arquitectos Martínez y Ullastres prescindieron de estos dos modelos anteriores a sabiendas de que una aeroportuaria fachada acristalada desconcertaría a los opinantes que una estación debía parecerse a otra. Los hubo tardos en entender que la belleza radicaba en su utilitarismo. El ala correspondiente a la administración componía una T con la destinada al público; un enorme rectángulo que sobrevolaba los andenes. Su acceso, por cierto, jamás fue vetado. Se podía descender a despedir, a recibir, o simplemente, como Penélope, a esperar meneando el abanico.

Locomóvil. Gerardo Sancho Ramo. Febrero de 1977. AMZ_4-1_0089119

Locomóvil. Estado actual. María Pilar Gonzalo Vidao
Originalmente el conjunto mostró en su vértice izquierdo el rótulo con las siglas de RENFE, primero sin logo y luego con él, desaparecido con la conversión en ADIF. También en principio el reloj y el nombre de la estación se instalaron a la derecha y sobre la marquesina, no proporcionados tal vez con la envergadura del edificio. Con posterioridad fueron desplazados y agrandados, leyéndose “ZARAGOZA EL PORTILLO” en grandes letras amarillas.
Hoy, privadas de sus fluorescentes, aguardan a quien las achatarre. Un descuido paralelo sufre el mural de Andrés Galdeano instalado en el parterre, un collage abstracto realizado con elementos de viejas locomotoras al que se añadió una máquina de vapor, ahora desvencijada. La desidia diríase que ha sido calculada, como si de algún modo se intentase justificar la negativa de la Administración a proporcionar una segunda vida a la estación ferroviaria.

Piezas de la decoración exterior de Andrés Galdeano en su estado actual. María Pilar Gonzalo Vidao. 2025.
Yéndonos atrás media docena de siglos, el primer servicio de Correos fue una prebenda de Felipe el Hermoso a uno de sus amiguetes. Pasó a ser estatal a partir de Felipe V para a mediados del XIX ir prescindiendo de las diligencias conforme las líneas férreas enlazaban capitales.
El ferrocarril es la razón por la que el Centro de Clasificación Postal de la avenida Clavé está donde está. La central de Correos en su papel de subalterna no debía competir estéticamente con la estación, y si bien la correspondencia había de ser procesada con discreción, tampoco era cosa de que las oficinas de uno de los entes más antiguos del Reino operasen en un edificio opaco. Al contrario, obra de José Luis González Cruz, el Centro de Clasificación Postal se alzó estiloso en el desangelado paisaje. Calificado con bastante apresuramiento como un ejemplo de estilo brutalista, lo cierto es que no exhibe impúdicas vigas y el hormigón asoma pero no predomina.
Lo curioso es que median sólo 47 años entre éste correos de Clavé y el localizado en Independencia, proyectado por Antonio Rubio con la pretensión de entonces; que el usuario identificase el aspecto palaciego de las oficinas con las bondades del Estado. La ancha escalinata ascendía al hall donde la criada que enviaba una carta a su novio, recluta en Cartagena, se apoyaba en los mismos gélidos mostradores que se apoyaría luego la esposa de un notario.
Hasta donde nos dejan entender, el área entre Clavé y Escoriaza necesita de profundas transformaciones; zonas verdes, conexión entre los barrios, y entre col y col, según cuenta la prensa, «una gigantesca torre de viviendas de lujo con 20 alturas y 200 viviendas».

El afán de los implicados, que son un puñado; ADIF, Correos, Zaragoza Alta Velocidad, el Ayuntamiento y una constructora, es invocar a San Liberalismo para con su ayuda llegar a un entente y borrar para siempre de los planos todo lo anterior, empezando por el inmueble de Correos que tan buen servicio nos prestó antes de que los paquetes nos los trajese a casa un furgón identificado por una sonrisa psicopática.




