Pabellón de Fomento y "motor de aire". Al fondo, la que será Escuela de Artes y Oficios en su primera versión. El fotógrafo estaría en la embocadura de la calle Sanclemente, y Fomento abarcaba la plaza en todo su ancho.
Estudio Coyne. AMZ_4-1_0003015
A Zaragoza la heroicidad no se le había traducido en dividendos, y siendo francos, un puñado de títulos honoríficos no le compensaban tras un siglo sobreponiéndose a sobresaltos y parcheándose rotos.
Como el de aquel medio claustro plateresco del monasterio de Santa Engracia que los napoleónicos dejaron en pie, años después desamortizado y demolido por el mismo Estado al que defendió. Siendo los frailes reemplazados por soldadesca, al cuartel se le puso el nombre de la santa, piedad que no falte, sin embargo, la pretensión de transformar los huertos monacales en ciudad existía desde los trazos en tinta roja de los planos de Yarza y conllevará al fin que en mayo de 1908 el acuartelamiento caiga igualmente piqueteado.
Justo a tiempo.
Diríase que la Exposición Hispano-Francesa, desapasionadamente hablando, fue una magistral maniobra, si no de los mismos, de similares políticos a los del 98. Aparcando la derrota reciente se idealizaba la centenaria, hermanando de paso a los contendientes, que al contrario que los marines de Massachusetts, eran vecinos. Así y todo, el hermanamiento sería relativo, pues la celebración incluyó la exaltación precisamente de quienes más bajas francesas provocaron.
El que Francia y España fuesen a esas alturas naciones con escasos parecidos tampoco iba a suponer problema. Esquivando lo social la fraternidad se basó en la industria y los avances técnicos. Sin obviar que pasada la exposición sobre el inmenso terreno allanado se alzaría un burgués y pingüe barrio, asunto de mínima importancia para los próceres locales. ¿Cuándo han pesado en Zaragoza tales prioridades?
Vista aérea desde la entrada. La fuente de Lasuén en primer plano, y tras ella el pabellón de los Alimentos. El fotógrafo ha conseguido trepar al arco de ingreso y toma desde allí la panorámica. Asoman tras el pabellón los dos “molinos”.
Estudio Coyne. AMZ_4-1_0003010.
El vacío dejado por el recinto militar parecía óptimo para situar el acceso principal a la exposición, adosado a la espectacular portada abarrotada de mártires reinterpretados por Palao, pero el solar estaba sin desescombrar y mantenía alguno de sus muros, lo que sumado a la lenta negociación con el Ramo de la Guerra hizo que la propuesta caducase, marginando del evento a Engracia y a sus socios de martirio.
De ahí que el honor de conducir a la Hispano-Francesa se le traspasase al antiguo camino de ronda que conectaba las plazas de San Miguel y Aragón, el llamado de paseo la Mina, coincidente en parte con el actual de la Constitución. El grandioso pórtico quedaría así entre los números 33 y 35 de esta avenida, si en el presente un emplazamiento cotizado, en 1908 una rúa sin pavimento que orillaba al insalubre Huerva. Sirva el dato para elogiar a nuestras bisabuelas, que de púberes a ancianas caminaron sobre tierra y pedregullo sin que jamás saliese de ellas el conocido reproche, común en nuestro siglo, “no me lleves por ahí que voy con tacones”.
Sin concurso, por la prisa, la representación artística recayó en Félix Lafuente, de quien el “Libro de Oro” afirma: «…se apartó de las exageraciones modernistas tan en boga». Calculando Lafuente que la empresa estaría sometida a torcimientos, tuvo la precaución firmar sus trabajos añadiendo: “según el proyecto”. De hecho, en su perspectiva aérea no aparecen ni el edificio dedicado a Francia ni el futuro casino. Labrada por la casa Anduiza, estando el proyecto ya consolidado, la medalla conmemorativa será más fiel.
La huerta de Santa Engracia en 1863
Entrando pues por el paseo de la Mina daba la bienvenida a la Exposición una gigantesca plaza hoy yaciente en el subsuelo de la manzana edificada entre las calles Escar y Mefisto. Flanqueada por los pabellones de Máquinas y de Industrias, en su centro manaba una rompedora fuente obra de Dionisio Lasuén inspirada en motivos vegetales. Efímera, cabe destacarlo y recordar que el parque que en un estilo semejante Gaudí diseñó para su mentor, Güell, continúa abierto y recibiendo visitantes.
Al fondo, cerraba el rectángulo el salón dedicado a la Alimentación, con su fachada al “paseo Central”, luego coincidente con la calle de Joaquín Costa, en cuyo extremo izquierdo, mirando desde la entrada, se instaló el quiosco de la música, y algo más allá, un amplio espacio dedicado a la horticultura, precediendo al pabellón de Francia y al Casino, ambos dándole la espalda a la basílica de Santa Engracia.
Erigido en la otra punta de este “paseo Central”, el palacio de Museos quedaba separado del de la Caridad por un pasillo en el que un tapis roulant permitía al invitado ascender al piso superior. Junto a ellos, recintos menores como el de la Exposición Mariana Universal, impertinente incursión del catolicismo patrio en un contexto en el que el protagonismo correspondía a las ciencias y humanidades.
Yéndonos a la fachada trasera del pabellón de la Alimentación, no visible por tanto para el recién llegado, el monumento de Querol, en la práctica inconcluso hasta dos meses antes de la clausura, presidía un ensanche parecido al anterior. Éste por un lado se estrechaba hasta convertirse en la calle de Moret, pegada al estiloso palacio dedicado a las Escuelas, y por el otro acababa en una suerte de glorieta en la que se esparcían stands del gremio de vidrieros y espejeros, destacando el de “La Veneciana”.
Era en ese contexto donde se exhibía el mosaico romano descubierto próximo al moderno nº 24 de Sanclemente, en el curso de las obras de nivelación. Ni Ayuntamiento ni patronato contaban con que se produjesen hallazgos arqueológicos, y dado que el dictamen solicitado a la Real Academia de Historia se demoraba, no quedó otra opción que dejarlo a la vista. Acabada la muestra y continuando a la espera de directrices, por no abandonar la pieza a merced de los expoliadores el Ayuntamiento le puso vigilancia. Al hilo, en febrero del 1909 Heraldo de Aragón criticaba que se tuviese a dos hombres «día y noche pegados a la piedra» careciendo de una garita donde guarecerse. No sin vicisitudes y pérdidas el mosaico terminó siendo custodiado en el Museo Provincial.
Plano publicado en "La Rioja", 31 de Julio de 1908
Finalmente, en el área abarcada por el cruce de las actuales Zurita e Isaac Peral se encontraba el sector destinado a las atracciones, que de forma independiente pervivirá durante un tiempo tras el cierre llamándose Petit Park .
Siguiendo en esa misma dirección, el límite del ámbito expositivo lo marcaba el pabellón del Ministerio de Fomento, organismo nacido en el periodo fernandino del que dependían industria, comercio, agricultura, ferrocarriles, carreteras y puertos.
Y es en el espacio que separaba a Fomento de “La Veneciana” donde los planos sitúan un “molino de viento con bomba elevadora de agua”.
Aunque por esas fechas las bombas de agua eléctricas suplían con ventaja a tan aparatosa máquina, la oferta de este maravilloso ingenio se dirigiría a los agricultores que no dispusiesen de suministro. Era el caso del bodeguero jerezano Eduardo Bohorques, al que pocos días antes de la inauguración “El diario de Córdoba” ponderaba contando que en su finca, “La Serrana”, prestaba servicio una maquinaria que movida por el viento proveía de agua a sus viñedos. Añadía el medio que Bohorques, concesionario exclusivo para España de la casa matriz norteamericana, presentaría los mecanismos “en la exposición a realizar en Zaragoza”. Llegado el momento, el mismo diario informará de las felicitaciones que el jerezano recibió de Alfonso XIII en su visita.
También en la parte de atrás de Fomento, vecino de los apasionantes retretes subterráneos los planos señalan un segundo molino con la leyenda «molino de viento y bomba elevadora de agua de la casa Soler, de Barcelona», firma que en 1897 ya producía molinos con “palas de orientación variable”, una virguería.
No obstante, en una tarjeta postal tirada a partir de una fotografía de Coyne se aprecia rotulado en la veleta del primer molino, en teoría traído por Bohorques, el nombre de la fundición zaragozana “Pellicer y Juan”.
La empresa “Pellicer y Juan” se publicitaba en el “Anuario del Comercio, de la Industria, de la Magistratura y de la Administración” como «especialistas en turbinas, dínamos e instalaciones eléctricas», lo que nos lleva a considerar que el aparato allí expuesto pudo haber salido de sus talleres y no ser la absoluta novedad antes proclamada, por mucho que el terrateniente se camelase a Don Alfonso XIII, digámoslo así, sencillo de camelar.
Superposición del plano publicado en varios medios con la imagen satelital de Google