Llorenç Nonell, 17 años y una cámara en 1908

Plaza de Aragón frente a Capitanía. Asoma a la derecha uno de los torreones del emblemático hotelito del nº 10, hoy desaparecido, obra del arquitecto Fernando de Yarza.
Fondo Llorenç Nonell Sarret. ACM-70-439-443. Archivo Comarcal del Maresme
El buen fotógrafo posee una especie de presentimiento, dicen que dijo Cartier-Bresson, quien por cierto, nacía precisamente el año de la toma de las fotografías aquí publicadas.
Démosle la razón al menos en los casos en los que se trate de un turista, por lo general ansioso, que rara vez tiene la posibilidad de planificar. Si hoy disponemos hasta el exceso de medios que nos adelantan con qué escenarios daremos al volver cada esquina, en los inicios de este arte el autor deambulaba por un entorno que no era el suyo desconociendo dónde la emoción le sorprendería exigiéndole realizar una captura. De ser un monumento lo que despertase su interés podía regresar a otra hora, y con el sol más arriba o más abajo trabajar con diferentes sombras, pero si el objeto era una persona o la acción que ésta desempeñaba, era imposible detenerse a componer, salvo, como especularemos luego, que se comprase la inmovilidad del sujeto con unos céntimos.
La razón por la que Llorenç Nonell, de sólo 17 años, había venido a Zaragoza era la Exposición Hispano Francesa. Inaugurada en mayo, de ella tomará un buen número de fotografías. Aun disfrutando de las novedades, es lógico sospechar que al adolescente le desasosegase un irresoluble problema, no viajaba solo. En muchos de sus cristales, a veces al fondo y otras en primer plano, vemos a los miembros de su familia. El negocio de los Nonell se hallaba radicado en la por entonces agrícola Mataró. Pulcros burgueses, habían alquilado un coche para evitar vérselas con el irregular suelo de nuestra ciudad, cuya velocidad desparramándose superaba a la capacidad del Ayuntamiento para pavimentarla. Con eso y todo, siguiendo una práctica habitual en otras ciudades preveía pasos adoquinados frente a los edificios importantes, asumiendo que quienes a ellos solían acceder merecían el privilegio de no embarrarse los botines. Por otro lado, en la serie se reproducen espacios que por su localización el muchacho forzosamente tuvo que recorrer a pie. Es el caso de la calle Alfonso, que vimos en el anterior artículo, o la propia exposición.

Puente de Piedra con su tablero renovado. Aunque borrosa, vemos la cruz dedicada a los héroes de los Sitios. Al fondo, superpuesto a la Lonja el entonces Ayuntamiento.
Fondo Llorenç Nonell Sarret. ACM-70-439-415. Archivo Comarcal del Maresme
Por lo demás, sin ser posible precisar la fecha de la visita de la familia manresina —de momento, podríamos descubrirlo en las entregas de las próximas semanas—, cualquiera deduce por su indumentaria que era primavera o verano. No antes del 15 de junio, a la vista de que en esa fecha se inauguró la cruz del Puente de Piedra, cenotafio que todavía existe y aparece en una de las tomas.
Antes de seguir es estrictamente necesario que diferenciemos el reportaje de Nonell de otros coincidentes en el tiempo. Llorenç no es profesional. No trabaja para ningún periódico ni vende sus cristales estereoscópicos. Él es un joven acomodado que se ha aficionado a la fotografía. Vinculado con el “Centre Excursionista de Catalunya”, dispone, entendemos que por vía paterna, de los capitales necesarios para costearse la práctica. Desconocemos, eso sí, qué opinaba de aquella pasión el patriarca y empresario, hombre pragmático de su época que para su único hijo varón tendría planes no tan sofisticados.
Estamos en un nuevo siglo —y más que lo iremos estando conforme avance— en el que la situación social no puede desligarse de casi nada. Tampoco del concepto fotográfico. Con más frecuencia que nunca quienes disponen de sobrados recursos económicos se ven en la tesitura de compartir el espacio público con sus conciudadanos desfavorecidos. Muchos habían sido los artistas que de una forma u otra retrataron a los pobres, pero siempre de forma separada, nunca en los mismos lienzos que los poderosos. Hasta la invención de la fotografía el contraste entre clases no había sido tan constatable en una misma imagen. El fotógrafo callejero no quiere, no debe o no puede, expulsar a nadie del encuadre y retrata a los pobres junto a los ricos.

Fachada del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza.
Fondo Llorenç Nonell Sarret. ACM-70-439-440. Archivo Comarcal del Maresme
Así es cómo, pasando junto a Capitanía, el joven Llorenç pide a un zagal, a todas luces un recadero, que pose para él, tal vez prometiéndole una propina. Pero no a él solo, incluye en la composición el carruaje del que acaba de apearse y en el que aguarda su familia. Las hijas van sentadas en sentido contrario a la marcha en tanto los padres viajan de frente. No podía ser de otra manera, hablamos sólo de una anécdota que el joven reportero, muy de paso, nos cuenta. Especulemos diciendo que la dirección tomada por el cochero indica que acaban de atravesar el Paseo de Pamplona procedentes de la Universidad, institución, y seguimos especulando, que el horticultor desearía conocer. El hijo mientras, desligado del periplo familiar capta al mismo chico frente al Paraninfo, haciéndole posar en esta ocasión en medio de lo que actualmente es un feroz nudo de tráfico. Atrás, al pie de las escaleras de nuevo el coche detenido.
No podemos obviar que las tomas de Llorenç por ir destinadas a vistas estereoscópicas buscan la profundidad. Destaca por sus encuadres. Aquí sitúa la cámara frente a la puerta central del Paraninfo, a medio camino entre el mozo, que porta un cántaro, y el coche de tiro. En otra imagen, obtenida en el puente de Piedra no sabemos si antes o después, hace de la embocadura de la calle Don Jaime el punto de fuga. El foco es la mujer joven, que también llevando una vasija parece cambiar de acera exprofeso para que la veamos mejor. En la Seo prescinde de la torre, a la que no puede abarcar desde donde dispara. Separando la fachada del conjunto opone a su frontalidad a la curvatura de la plaza. Fantaseando, diríase que los chavalines impiden que el suelo gire como en una gramola. Un suelo orgulloso y antiguo que muestra sin pudor sus rotos.
No podemos sin embargo pasar por alto algunas impertinentes, por molestas, consideraciones. Digamos que aunque para 1908 cámaras y soportes habían experimentado grandes mejoras, el revelado y positivado continuaban exigiendo profesionalidad, cuando no virtuosismo. Es verdad que a pesar de sus escasos años Nonell destacaba eligiendo un motivo y disparando, pero notamos su inexperiencia en los procesos posteriores, echando en falta cierta pulcritud en los cristales resultantes, que no producen el efecto estereoscópico deseado. Con eso y todo, sabemos que de adulto continuó fotografiando, hasta su temprana muerte en 1918.

Plaza de la Seo. Se aprecia el suelo empedrado pero muy deteriorado.
Fondo Llorenç Nonell Sarret. ACM-70-439-432. Archivo Comarcal del Maresme.
De momento, devolvamos a Llorenç su adolescencia y el relato que de su visita a Zaragoza nos deja, encantador pero sobre todo curioso. Nos instala sin esfuerzo, además de en su tiempo, en sus condicionantes. Por delante del disfrute banal ese debería ser el objetivo de quien ordena, localiza y repara fotografías; descubrir hasta qué punto la técnica, la moda y las pautas sociales condicionaban las vidas. Por entonces, como sucede ahora, el occidental común había llegado equivocadamente a la conclusión de que en adelante los avances harían innecesaria la perseverancia. Lo que hoy sabemos les decepcionaría. Por mucho que en su época la electricidad llegase ya a sus mansiones, la vulgar lámpara de nuestra mesilla de noche supera en luminosidad a cualquier lujosa araña que pendiese de los salones de 1900. O yéndonos a otro orden, demostrado por la ciencia que entonces no sufrían los 42 grados que a nosotros ocasionalmente nos ahogan, preguntémonos, aunque no pasasen de los 32, cuánto de relajada estaría esa señorita bien que paseaba abotonada hasta el cuello con enaguas y sombrero.



