A la Quinta Julieta por el camino de sirga

Rosa Nonell Sarret posa junto a la acequia de Ontonar, lugar de salida de la góndola Santa Cecilia. En la lejanía el Puente de América y la draga que limpiaba los lodos del canal .
Fondo Llorenç Nonell Sarret. Arxiu Comarcal del Maresme para Anteayer Fotográfico Zaragozano
A las once de la mañana del 30 de mayo de 1897 se inauguraba una de las fincas de recreo más hermosas y oníricas que ha albergado la ciudad de Zaragoza. Los invitados de Enrique Sagols y Ferrer, propietario del lugar, fueron trasladados en la góndola Santa Cecilia desde la playa de Torrero por el camino de sirga hasta sus dominios. Allí pudieron disfrutar de un entorno paradisíaco compuesto por árboles frutales, singulares veredas, cascadas artificiales de agua cristalina, pesqueras para la cría de peces en cautividad, rincones orientalizados como los dedicados a aseo público con forma de pagodas y animales exóticos para delicia de sus visitantes. También pudieron deleitarse con una serie de manjares provenientes de la propia quinta, entre los que no faltaron aves o las exquisitas anguilas marinadas en su restaurante. Esta colonia agrícola se dedicó también entre otras cosas a la cría de conejos, al ensayo de abonos y fertilizantes, a la apicultura, y por descontado, a las relaciones sociales.
Era un lugar para ver y ser visto en el que la burguesía más pudiente realizaba jiras, tan en boga en aquella época que duraban hasta el amanecer, sobre todo durante las festividades de San Juan y San Pedro, tiempo en el que el vino se multiplicaba entre la vecindad de Torrero como las hogueras nocturnas frente a la parada del tranvía, llamada del Arenal, desde 1905. Para acceder al lugar era necesario contar con una tarjeta de invitación que el propietario facilitaba gratuitamente, poniendo a disposición de los visitantes el transporte necesario desde el Canal Imperial de Aragón, en el codo que abría la acequia de Ontonar. Desde ahí la góndola surcaba las aguas mansas del canal agua abajo movida por tracción animal hasta el portón de entrada en las estribaciones del Barranco de la Muerte. Un año después, como alternativa también contaba con servicio de carruajes en los días en los que la climatología o falta de agua en el canal impidiera el uso de la lancha, siendo Sagols el responsable en caso de accidente y con la prohibición expresa de circular hasta tres días más tarde de haber llovido.

La góndola Santa Cecilia con su proa en forma de cisne, regresa desde la Quinta Julieta por el camino de sirga.
Fondo Llorenç Nonell Sarret. Arxiu Comarcal del Maresme para Anteayer Fotográfico Zaragozano
Pasada algo más de una década de los inicios de la Quinta Julieta, la familia Nonell-Sarret procedente de Mataró, se desplazó durante las celebraciones de la Exposición Hispano-Francesa de 1908 hasta Zaragoza. Si en anteriores capítulos observábamos a parte de esta estirpe de viveristas y célebres agrónomos deambular por la capital, en esta ocasión las imágenes captaron su desplazamiento hasta el extrarradio de la misma a uno de los lugares más reconocidos dentro y fuera de nuestras fronteras por su apuesta en la fabricación de abonos. La reputación profesional de Enrique Sagols unida a la belleza ornamental del lugar resultó clave para que el joven Llorenç Nonell Sarret de 17 años, retratara a una de sus hermanas en el inicio de la acequia de Ontonar, lugar del que partía la góndola wagneriana hasta la quinta bautizada con el nombre de la propietaria y esposa de Sagols, Julia Rodrigo Coutens. En la segunda fotografía intuimos que los padres y sus dos hermanas disfrutaron de un viaje calmo desde el interior de la góndola. Mientras tanto, bajo el sol de la mañana, cuando las chicharras afinaban sus músculos vibradores entre las copas de los árboles, el mozo que dirige a la caballería hasta llegar a su destino bajo una alfombra de polvo transmite experiencia y serenidad. Probablemente a pesar de su distraída juventud tuviera una amplia destreza en su recorrido canal arriba, canal abajo, algo que no pasó desapercibido para nuestro camarógrafo de edad y porte similar. No hay nubes en el horizonte ni caminantes que aparezcan al pie de las graveras, de nuevo la perspectiva aparece en sus tomas fotográficas mostrándonos la profundidad del paisaje, el camino agreste, el reflejo en las aguas que vibran tras una tenue brisa, la vida sencilla que no fácil tras un fogonazo vitalista.
Antes y después que los Nonell-Sarret realizaron el mismo camino personalidades como Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós, Jacinto Benavente, Alejandro Lerroux, Pablo Sarasate, Ramón J. Sender o la afamada bailarina Tórtola Valencia, musa de Valle Inclán y Baroja a quien Rubén Darío declamó como la mujer de los pies desnudos. No sabemos si a su llegada a la quinta necesitaron refrescarse en los baños de agua corriente y duchas naturales que proporcionaba el lugar, lo que sí es seguro es que disfrutaron de la belleza y singularidad de un espacio exuberante y único de exquisito gusto elegido incluso por algún suicida herido de amor.



