Anteayer

El centenario de Francisco Pradilla

Una simpática escena de los Gigantes y Cabezudos con personas de nuestra Zaragozica, delante del Palacio de los Luna

Fiestas del Pilar: los Cabezudos y Gigantones
Dibujo Francisco Pradilla. Xilografía Tomás C. Capuz. Publicación de La Ilustración Española y Americana
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Colección José Luis Cintora para Anteayer Fotográfico Zaragozano

No quisiéramos dejar pasar esta efeméride del centenario de su muerte por la importancia de su autor, tanto como por la necesidad de reafirmar, si todavía quedan dudas, de lo injusta que ha sido esta tierra con él y con su obra.

Hablamos de Francisco de Pradilla, el gran acuarelista español que durante décadas permaneció en el olvido, eclipsado y casi enterrado por intereses poco claros. Somos así en este lado de la frontera, poco amigos de homenajes ya que cuestan dineros y sirven para casi nada, aunque eso suponga dejar de lado una vez más, a un maestro de las artes como lo fue don Francisco.

Allá donde iba mostraba nuestro acento aragonés que no quiso ni pudo abandonar dejando un poso de nobleza en Italia, Francia y cualquier otro pueblo que visitara, fuera este patrio o confín de otro lugar.

Estuvo don Francisco en el taller de Mariano Pescador en Zaragoza hacia el año 1866-67, marchando poco después a Madrid donde ingresó en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado. Allí recibió varias medallas tras reñidas oposiciones al finalizar sus cursos y antes de su ingreso en la escuela ya frecuentaba las clases de Dibujo y Modelado Antiguo impartidas por Ponciano Ponzano en las que realizó una copia de la Mascarilla de Santa Teresa de Bernini, tal y como recordaba su amigo Joaquín Pallarés Allustante (Profesor de la Escuela de Bellas Artes de Zaragoza y conservador del Museo de Antigüedades de la ciudad), quien aseguraba en sus memorias que era una auténtica maravilla, dejando constancia además, de su admiración por los dibujos y grabados que este publicó en la Ilustración Española y Americana, que son en esencia los trabajos que queremos acercar hasta esta humilde publicación y que supuso un acercamiento a los acontecimientos más importantes acaecidos en España, en un momento convulso y cambiante, dejando grandes muestras de talento en un oficio que poco a poco iba a ser sustituido por la fotografía como medio de ilustración en los medios de comunicación de la época, aunque para eso todavía quedaba tiempo por delante…

Hacia 1870, Ramón Guerrero, padre de la artista María Guerrero, abrió en Madrid el primer centro acuarelista de la capital, donde concurrieron gracias a su mecenazgo, alumnos como Pradilla, Casto Plasencia, Villodas, los hermanos Perea, Enrique Estevan y otros. Contaba Pallarés que las clases eran nocturnas y duraban unas dos horas y en las que pintaban con modelo desnudo y en otras ocasiones con trajes típicos.

Fueron esos años entre 1871 hasta parte de 1873 tiempos en los que Pradilla realizó un viaje artístico por Asturias y Galicia, y en los que Ramón Guerrero llegó a acompañarle en alguno de estos viajes. Estos dibujos eran enviados a la revista La Ilustración Española y Americana, cuyo contenido trataba de escenas típicas y costumbristas grabadas en madera por el maestro grabador Carretero, quien realizó además, la primera reproducción en grabado del cuadro “Doña Juana la Loca”.

Pradilla, tras ejecutar «El rapto de las sabinas», se dirigió a Roma en 1874 pensionado junto a Plasencia, aunque hicieron un breve recorrido por París donde les aguardaban sus amigos Joaquín Araujo y Joaquín Pallarés y donde pudieron visitar a Martín Rico y a Raimundo Madrazo. Ya en Roma se encontraría con José Casado de Alisal, el que fuera primer director de la Real Academia de España en Roma (1881), en aquel momento no existía la Academia como tal y Casado de Alisal alquila un local en Vía Margarita para los pensionados, aunque Pradilla preferirá un local más grande donde pintará su primer “náufrago” y se dedicará a preparar su excepcional “Doña Juana la Loca” presentado durante la Exposición Nacional de 1878 y cuya Medalla de Honor se otorgaba por primera vez en España. Después llegaría en París la misma prebenda en el mismo año, durante la Exposición Universal en la sección española.

Al parecer un visitante de la muestra quedó prendado del cuadro y le ofrece la suma de 40.000 marcos, cantidad esta que don Francisco rechaza propiciando que Emilio Castelar tras un gran discurso en el Congreso, consiga que el cuadro se quede aportando ese dinero para el Museo Nacional.

En 1878 llegará también «Paisaje de Capri», un año más tarde «Mujer árabe». El Senado le encargará para el Salón de Conferencias el cuadro “La Rendición de Granada” en 1880, y allí pasará varios meses realizando estudios de la Alhambra y las Alpujarras, así como copias de dos pequeños retratos de los Reyes Católicos, pintados por Leal.

El cuadro de la rendición fue pintado en Roma tras dieciocho meses de trabajo e infinidad de pruebas de perspectivas, hizo gualdrapas para los caballos, trajo de Andalucía los jaeces para las monturas de los caballos salvo el de Boabdil, que llegó desde Zaragoza, por encontrarse una jerezana en la capital maña proveniente de los restos de las comparsas que salían en carnaval representando contrabandistas, guardados de décadas anteriores.

En Roma se expuso la obra acabada en su estudio y toda la ciudad artística se acercó a admirar la obra acabada con gran admiración. También la colonia española celebró con banquete y música el trabajo y talento de Pradilla, con él posaron para la eternidad el propio Pallarés, Pepe y Mariano Benlliure, Gonzalo Bilbao y otros…

Después llegaría en 1886 «Ninfa» y en 1887 “El Suspiro del Moro” y tantas obras que fueron adquiridas sobre todo en Alemania donde tenía un gran número de entusiastas seguidores. Ese mismo año pintaría «Lavanderas gallegas».

Al parecer pintó un cuadro de trasfondo mitológico con el Monasterio de Piedra como protagonista que no hemos conseguido localizar para un coleccionista alemán, y que pintó en su estudio en Madrid, años después de su estancia en Roma.

Llegaríamos a 1905 momento en el que pintaría el retrato de Mariano Royo, «Últimas nieves en Terracina» en 1907.

En 1911 y 1912, Francisco Pradilla expondría obra junto a su hijo Miguel Pradilla en Buenos Aires y Río de Janeiro. Ese mismo año acababa la obra «Dulce despertar», «Lavanderas en el río» en 1913, «Paseo de mantillas» un año más tarde, y «Retrato de Pilar Villanova y Perena» en 1914. «Tarjetero de mi estudio» en 1916 , «Retrato de mujer joven» en 1917 y «La carta» en ese mismo año.

Sería imposible enumerar todas las obras de Pradilla, más de mil catalogadas… aquí solo esbozamos algunas de ellas y nos centramos en los dibujos publicados en prensa escrita, concretamente los que fueron publicados para la revista «La Ilustración Española y Americana» entre 1872 y 1873, dando muestra de gran precisión y belleza.

El Museo de Zaragoza ofrece una singularísima muestra temporal en la que se recoge una pequeñísima parte de la esencia de este excepcional pintor, cuyo valor ha permanecido a la sombra de otros artistas aragoneses sin tener en cuenta su calidad e impresión histórica.

Disfrutemos mientras podamos de la exposición “PRADILLA Y LA PINTURA. Contexto de una obsesión” hasta el 15 de septiembre.

TEXTO: María Pilar Gonzalo Vidao

Fuentes: Revista Aragón, apuntes de las memorias de Joaquín Pallarés

Biblioteca Nacional de España, revista La Ilustración Española y Americana 1872-1873

Dibujo de Francisco Pradilla para la revista «La Ilustración Española y Americana» publicado el 16 de octubre de 1872.


Los gigantes y cabezudos se encuentran a las puertas del palacio de los condes de Luna, actual sede del Tribunal Superior de Justicia de Aragón.

Dibujo de Francisco Pradilla para la revista «La Ilustración Española y Americana» publicado el 16 de octubre de 1872.

Riberas del Ebro.

Dibujo de Francisco Pradilla para la revista «La Ilustración Española y Americana» publicado el 16 de octubre de 1872.

Calle del Sepulcro.

Transcripción literal de la crónica aparecida en la revista.

LAS FIESTAS DEL PILAR DE ZARAGOZA.

Famosa es en el mundo católico la devoción que todos los aragoneses, más principalmente los vecinos de la heroica Zaragoza, profesan á la Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora del Pilar: guardan ellos como tesoro de inestimable precio aquel mismo pilar que, según piadosa tradición, señaló la Señora al apóstol Santiago como la primera piedra de un templo que debía construirse en honor del Dios verdadero, y en el mismo sitio donde aquel se hallaba. Los siglos y las revoluciones han pasado en vano sobre esta religiosa creencia, que hoy se mantiene tan viva en los corazones de los zaragozanos, como en las épocas en que los procónsules romanos ó los reyezuelos agarenos perseguían á los fieles creyentes en Jesucristo, ó como en aquellos días en que don Jaime el Conquistador se postraba humildemente, rodeado de un pueblo entusiasta, delante de la sagrada imagen de la Virgen del Pilar, ó ya como cuando los heroicos defensores de la ciudad invicta pedían al cielo, por intercesión de la Señora, que la patria se viese libre de la invasión extranjera, y gloriosa, y enaltecida, y triunfante la enseña de la independencia. Había este año otro motivo más para que los zaragozanos celebrasen espléndidas fiestas durante el novenario de la Virgen del Pilar: el templo metropolitano ya concluido, debía ser consagrado solemnemente el día 10. Hallábanse presentes a aquel acto los señores cardenales arzobispos de Santiago y Valladolid, el señor Patriarca de las Indias, el señor arzobispo de Burgos, y los señores obispos de Zamora, Badajoz, Santander, Calahorra, Gerona, Palencia, Ávila, Sigüenza, Habana, Nueva Cáceres y auxiliar de Madrid, y fué verdaderamente Conmovedor el espectáculo, que con motivo tan justo, ofreció la heroica Zaragoza.

Ni es posible escribir en tan corto espacio las fiestas, ni áun podríamos hacerlo por completo y cón la exactitud debida, pues éstas durarán hasta el dia 19. Funciones religiosas, cabalgatas históricas, simulacros de gloriosos hechos de armas, músicas, iluminaciones, certámenes poéticos, y más que omitimos en gracias de la brevedad, forman la brillante serie de regocijos públicos que con el culto vecindario de Zaragoza ha celebrado en el presente año la consagración del templo metrotropolitano y la festividad de su santa patrona. No han faltado por cierto los fabulosos gigantes y cabezudos, que recorrieron las calles de la población en los dias 10 y 11, y volverán á salir antes de terminarse las fiestas, en los días 18 y 19: entretenimiento popular presentado en nuestra lámina de la página (017), que era, según se ve, en tiempos antiguos un detalle necesario de todas las grandes fiestas en las principales poblaciones de España, pues existen todavía en muchas de ellas, como Barcelona, Burgos, Toledo, Oviedo y otras, aunque reciben aquellos los nombres de «gigantones», «gigantillas» y «enanos, cabezudos», etc. según las localidades.

En Zaragoza tenían estos antiguamente, según se nos dice, la honrosa misión de presentar á los reyes las llaves de la población cuando se dignaba visitarlas. Otros dos grabados relativos á la ciudad heróica aparecen también en la pág. 020: representa el primero en la calle del Sepulcro, como muestra de la fisonomía especial que aún conservan algunos barrios en la capital de Aragón, no obstante las construcciones modernas que la embellecen; y el segundo es una pintoresca vista de las orillas del Ebro, tomada en las cercanías de uno de los magníficos puentes que cruzan el caudaloso rio. Algún economista ha deplorado que los pueblos empleen respetables sumas en fiestas populares; pero nosotros creemos que tales fiestas, prescindiendo de los gastos que ocasionan (los cuales son casi siempre reproductivos), contribuyen en gran manera á reanimar el espíritu patrio.

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