Dos panorámicas de la ciudad bajo la torre de Santiago

Panorámica de Zaragoza hacia el sur.
Fondo Llorenç Nonell Sarret. Arxiu Comarcal del Maresme para Anteayer Fotográfico Zaragozano
Restauración fotográfica realizada por L. Fran Ríos Raffo
Volvemos al periplo del joven Llorenç Nonell, situándolo ahora en el cuerpo de campanas de la torre alta del Pilar, la de Santiago, a cincuenta metros de altura, desde donde toma unas bellas perspectivas. Para ello, cámara en ristre, ha tenido que subir a pie una estrecha escalera de caracol, de interminables escalones, desgastados durante dos siglos por el paso de campaneros que tañen, baldean y repican según las fiestas y sus liturgias.
Aunque el día está despejado las vistas resultan difuminadas en el horizonte por una leve calima. El espectador debe renunciar, por tanto, a ver más allá de lo que al fotógrafo interesa mostrar. Esto es, la ciudad en sus variados contrastes.
Sobre los tejados, la Zaragoza de los contrastes
El primer disparo fotográfico, bajo el ventanal sudeste, nos expone a la Zaragoza más urbana. Un conglomerado prietísimo de tejados, planos inclinados en todas las direcciones y variadas pendientes, acariciados por la luz de un sol que aporta una gama rica de texturas y tonos. Un único elemento se repite: la omnipresente teja árabe que cobija habitaciones y protege las fachadas. Los edificios son bajos, la mayoría de dos o tres alturas, y parecen sustentarse entre ellos conformando una suerte de laberinto de calles angostas y quebradas en sus trazados. La burguesa calle Alfonso I, en la diagonal de la fotografía, es la excepción. Llorenç la había recorrido de camino al Pilar. Había tomado buena cuenta de su hermosa factura, en la que se manifestaban modernos edificios, con plantas de alturas uniformes, hileras de balcones con trabajadas barandillas de forja y aquellos chaflanes en los escaparates de los bajos donde se exponían los artículos de los comercios. Cargado con sus pertrechos, con el pavo subido demandando la atención de aprendizas y modistillas, había desfilado por la exquisita vía disfrutando aquella amalgama de racionalidad y clasicismo, que daba una cierta identidad a la ciudad.
Rompiendo la horizontalidad se erigen hacia el cielo, compartiendo pacíficamente el espacio urbano, las torres de las iglesias de San Gil y de Santa Engracia con las chimeneas de las fábricas de la Compañía Aragonesa de Electricidad y de La Electro-Peral, estas últimas en el entorno de San Miguel. Esta cohabitación de los seculares símbolos religiosos con otros que anuncian los nuevos tiempos del desarrollo certifica el lema de paz, arte y progreso asumido en la Exposición Hispano-Francesa a la que había acudido la familia Nonell.

Vista del barrio del Arrabal, desde la torre de Santiago.
Fondo Llorenç Nonell Sarret. Arxiu Comarcal del Maresme para Anteayer Fotográfico Zaragozano
Restauración fotográfica realizada por L. Fran Ríos Raffo
Asomados al Arrabal viejo
Teniendo cuidado de las campanas, esos temibles cuerpos de bronce que rigen con sus toques y resonancias la vida, el calendario y las horas de los zaragozanos, cambia Llorenç de posición y toma otra instantánea diametralmente distinta. Asomado ahora hacia el norte percibe el señorío del Ebro cuyo tranquilo discurrir casi agota el espacio inferior de la imagen. Delante, la linterna de una de las cúpulas esquineras del Pilar fuerza a cruzar, de un solo golpe de vista, el río, la gran arboleda y la trinchera de un ramal ferroviario.
Si bien la panorámica es amplísima, en un primer instante la mirada queda firmemente anclada en el pequeño barrio del Arrabal viejo. Este se muestra con el aspecto propio del núcleo rural que es. Confinado por el camino de Juslibol, las calles del Rosario, de Villacampa y del Horno, más bien se asemeja a una de esas vecinas poblaciones ribereñas con las que comparte el aire castizo y el horror de las terribles avenidas invernales. En sus modestas casas de vecindad, de ladrillo y adoba, conviven los jornaleros y pescadores de siempre con la nueva clase obrera. Esta última, más favorecida al sentir de aquellos, faena en las industrias que crecen al empuje de la Estación del Norte, inaugurada casi medio siglo atrás.
Finalmente, el joven Nonell reconoce la estación. No en vano de ésta es de donde parten los trenes hacia Barcelona. La descubre tras una iglesia que parece moderna, si no en su concepción sí al menos en su fábrica: la de Nuestra Señora de Altabás. Frente a la misma discurre la carretera de segundo orden a Francia, a cuyos lados han emergido importantes edificios fabriles. Los más señeros son los Almacenes Arana y, sobre todo, la Azucarera Aragonesa, que provoca su atención con la verticalidad de su chimenea, como si de un tótem se tratara.
No podemos asegurar cuál es la impresión que Llorenç Nonell se llevaría de su paso por Zaragoza. Quizá le pareciera ciudad vetusta, quizá valorara cierto aire capitalino o, al contrario, la encontrara cerrada en su provincianismo. Nunca lo sabremos con seguridad. Pero si de algo podemos estar seguros es de que aprovechó al máximo su estancia y, pese a su insultante juventud, supo plasmarla bellamente, esforzándose a menudo con encuadres originales y atractivos.



