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Dos panorámicas de la ciudad bajo la torre de Santiago

Vista del barrio del Arrabal, desde la torre de Santiago.

Fondo Llorenç Nonell Sarret. Arxiu Comarcal del Maresme para Anteayer Fotográfico Zaragozano

Restauración fotográfica realizada por L. Fran Ríos Raffo

Asomados al Arrabal viejo

Teniendo cuidado de las campanas, esos temibles cuerpos de bronce que rigen con sus toques y resonancias la vida, el calendario y las horas de los zaragozanos, cambia Llorenç de posición y toma otra instantánea diametralmente distinta. Asomado ahora hacia el norte percibe el señorío del Ebro cuyo tranquilo discurrir casi agota el espacio inferior de la imagen. Delante, la linterna de una de las cúpulas esquineras del Pilar fuerza a cruzar, de un solo golpe de vista, el río, la gran arboleda y la trinchera de un ramal ferroviario.

Si bien la panorámica es amplísima, en un primer instante la mirada queda firmemente anclada en el pequeño barrio del Arrabal viejo. Este se muestra con el aspecto propio del núcleo rural que es. Confinado por el camino de Juslibol, las calles del Rosario, de Villacampa y del Horno, más bien se asemeja a una de esas vecinas poblaciones ribereñas con las que comparte el aire castizo y el horror de las terribles avenidas invernales. En sus modestas casas de vecindad, de ladrillo y adoba, conviven los jornaleros y pescadores de siempre con la nueva clase obrera. Esta última, más favorecida al sentir de aquellos, faena en las industrias que crecen al empuje de la Estación del Norte, inaugurada casi medio siglo atrás.  

Finalmente, el joven Nonell reconoce la estación. No en vano de ésta es de donde parten los trenes hacia Barcelona. La descubre tras una iglesia que parece moderna, si no en su concepción sí al menos en su fábrica: la de Nuestra Señora de Altabás. Frente a la misma discurre la carretera de segundo orden a Francia, a cuyos lados han emergido importantes edificios fabriles. Los más señeros son los Almacenes Arana y, sobre todo, la Azucarera Aragonesa, que provoca su atención con la verticalidad de su chimenea, como si de un tótem se tratara.

No podemos asegurar cuál es la impresión que Llorenç Nonell se llevaría de su paso por Zaragoza. Quizá le pareciera ciudad vetusta, quizá valorara cierto aire capitalino o, al contrario, la encontrara cerrada en su provincianismo. Nunca lo sabremos con seguridad. Pero si de algo podemos estar seguros es de que aprovechó al máximo su estancia y, pese a su insultante juventud, supo plasmarla bellamente, esforzándose a menudo con encuadres originales y atractivos.

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