Los bancos publicitarios de Sagasta. La belleza de un fracaso empresarial

Alrededores del Cabezo de Buenavista, Zaragoza. Circa 1950. Positivo papel.
Colección Manuel Ordóñez para Anteayer Fotográfico Zaragozano
Nada hay nuevo bajo el sol, y en la política municipal menos que menos. En 1922 el paseo de Sagasta estaba siendo removido en pro de la modernidad, que siempre ha sido una dama sin reparos ni pudor.
El objeto principal de la actuación, la creación del andador central, obligaba a arrancar los grandes árboles que flanqueaban la calzada, los más viejos anteriores a que el Canal pasase por Torrero. Si en 1902 con la implantación del tranvía eléctrico para evitar las talas se optó por tender los raíles por el centro de la calle, ésta vez no hubo contemplaciones y acusados de estorbar al cableado los seculares ejemplares fueron apeados y sustituidos por plátanos de sombra. Todo ello no sin oposición, que la hubo, pero la penosidad del tránsito por el embarrado paseo, en la práctica nunca urbanizado, dejaba sin argumentos a los críticos.
A día de hoy la polémica radicaría sin duda en la elección de la especie arbórea, despiadada con las baldosas de las aceras pero más aún con los alérgicos. Sin embargo, al tradicionalista concejal Joaquín Briz no le preocupaban las afecciones respiratorias de sus conciudadanos. Lo que le parecieron inadmisibles fueron los bancos públicos que se instalaron entre las platabandas, un clásico modelo con travesaños de madera y soportes de fundición a los que en sesión municipal del 26 de junio calificó de “impropios”, echando mano de su autoridad para instar a la Comisión de Montes a remediarlo: «Suspendiendo la construcción de los que faltan para modificarlos aun cuando se altere el precio y que los que ya colocados se llevasen a otros puntos».

Tramo último del paseo de Sagasta (avenida de la República). Lucien Roisín. 1931. Negativo cristal. IEFC 9-32337 para Anteayer Fotográfico Zaragozano
Pasados unos meses, en la sesión del 25 de noviembre urgía aprobar los planos y presupuestos del futuro Grupo Escolar Costa, debiéndose abordar también el emplazamiento del obelisco dedicado a los funcionarios asesinados hacía dos años, que unos deseaban situar en el cementerio y otros frente al Gobierno Civil. Si bien eran ambos asuntos importantes, quedó tiempo para que atendiendo a la queja de Briz la Comisión de Montes y Propios dictaminase:
«…que se acuerde en principio la colocación de bancos de cemento armado en el Paseo de Sagasta».
Sin prisas, se hubo de esperar al verano siguiente para conocer el dictamen de la mentada Comisión:
«…que se autorice al Sr. Lasuén la colocación de cien bancos-anuncios en el Paseo de Sagasta».

Paseo de Sagasta a la altura de las tapias del colegio del Sagrado Corazón y la fábrica de corsés «La Mariposa». Circa 1950. Positivo en papel. Juan Mora Insa.
AMZ ES. 50297. AM 04.01.01.01 para Anteayer Fotográfico Zaragozano
Mario Lasuén, hijo del escultor, había sido concejal interino designado por el Gobernador y además de a la docencia en la Escuela de Artes e Industrias se dedicaba a los prefabricados de cemento y piedra artificial, por lo que es probable que en el desempeño de dicha actividad conociese al ceramista Juan Ruiz de Luna.
Pintor y fotógrafo, Ruiz de Luna había dedicado a principios de siglo una colección de postales a los alfares de Talavera de la Reina. Enamorado de la decadente industria estableció sociedad con Enrique Guijo, comandita que cesó con el traslado de Guijo a Madrid para dedicarse a la producción de murales publicitarios para el Metro. Resulta paradójico que la misma industrialización que había desplazado a las vajillas artesanales ofreciese a los alfares la alternativa de producir azulejerías que valiéndose de guirnaldas, bellas tipografías y voluptuosas damas, invitasen al paisano al consumo de antitusivos, licores anisados, conservas o acciones de las eléctricas. De ese modo, adaptándose a los tiempos Ruiz de Luna se convirtió en un referente de la cerámica nacional, firmando obras tan diversas como las bancadas de la Iberoamericana de Sevilla, las placas del callejero de Madrid o el rótulo de la Imprenta Blasco de Zaragoza.

Aledaños del Jardín de Invierno. Banco con publicidad de Nutreina. 1975.
Gentileza Familia Conte—Sánchez para Anteayer Fotográfico Zaragozano
El modelo de banco público de Ruiz y Lasuén, decorado con volutas y leones en los zócalos, ofrecía a los anunciantes un soporte resistente a la intemperie, algo muy a tener en cuenta en una ciudad en la que el viento y el sol acortaban la vida de cualquier rótulo pintado o impreso. Hemos de admitir no obstante, sin romantización las pegas; la superficie horizontal drenaba mal el agua, impidiendo su uso en las mañanas húmedas, y la bastedad del cemento arruinaba las medias de las señoras, así como cualquier prenda delicada, sin obviar que su decimonónica estética distaba de los gustos de los exultantes, incluso en Zaragoza, años veinte.
Volviendo a la reforma del paseo de Sagasta, el primer soterramiento del Huerva había dado lugar a un enorme ensanche en la que desde 1910 se venía denominando plaza de Basilio Paraíso. Ello posibilitaba que el reinventado Sagasta arrancase en el óvalo de la plaza de Aragón, dando en cierta forma continuidad a Independencia. Su ambicioso andador central, su razón de ser, se dividía en varios segmentos. El primero de ellos, abarcando del monumento al Justicia a la glorieta de Sasera, se partiría tras la segunda fase del cubrimiento del río hasta Santa Engracia. El segundo y más largo, desde Sasera llegaba a la calle Bolonia, otro iba de ahí al camino de las Torres y el último alcanzaba el parque Pignatelli.

Estado de los bancos repartidos por la falda del Cabezo. Parque José Antonio Labordeta. 2025.
María Pilar Gonzalo Vidao para Anteayer Fotográfico Zaragozano
Pero llegó enero de 1926 sin que se hubiesen encontrado clientes para la totalidad de los bancos montados, y en los aún pendientes el hueco destinado a las baldosas hacía imposible su utilización. Lasuén perdió tanto la concesión como la fianza depositada. Con esos dineros confiscados el Consistorio planeaba contratar albañiles para que pegasen azulejos lisos en los huecos, remedio que tampoco se aplicó. Entre tanto, una firma forana de nombre “Strand” se había ofrecido para realizar en Zaragoza un “ensayo” consistente en la instalación gratuita de una docena de bancos anunciadores que transcurridas dos décadas pasarían a propiedad municipal. La iniciativa quedó en nada. El 28 de noviembre de 1928 en «La Voz de Aragón» podía leerse el juicio de un somarda columnista:
«Ya hace varios años que se instalaron los bancos en el Paseo de Sagasta y todavía no ha quedado terminada su construcción. Faltan mayólicas anunciadoras en los frentes y respaldos de muchos bancos. ¿Habrá manera de terminar esta obra, a la que nos condujo nuestra «perspicacia» comercial?».
Y como ni ayer ni hoy los ayuntamientos han sido pródigos en lógica, a pesar del notorio chandrío en mayo de 1929 el Consistorio abrió un nuevo concurso «para la instalación de algunos bancos construidos recientemente en las canterías de la ciudad, los cuales se emplearán para fijar anuncios repartidos por paseos y jardines de la población». Se trató entonces de 38 piezas que fueron adjudicadas al contratista Francisco García Pérez.

Alrededores del Cabezo de Buenavista, Zaragoza. Circa. 1950. Positivo papel.
Colección Manuel Ordóñez para Anteayer Fotográfico Zaragozano
Una definitiva actuación en 1932 proporcionó a la plaza de Paraíso un aspecto similar al que conocemos. En lo sucesivo las cuatro avenidas allí confluyentes serán independientes y los concejales vencedores de la guerra se darán prisa en cambiarle el nombre al paseo de Sagasta. Ya en los sesenta, sus sucesores en el cargo serán quienes pongan la avenida a disposición del desarrollismo permitiendo a la burguesía heredera vender y derribar los preciosos hotelitos sueño residencial de sus ancestros.
Las aperturas de León XIII y avenida de Goya seccionarán la larga plataforma peatonal, y a lo largo de todo el paseo se instalarán los típicos bancos de listones, retirándose definitivamente los de cemento. De estos, unos pocos se ubicaron entre la orilla del Canal y el antes llamado parque Primo de Rivera, donde la lluvia, el hielo y los vándalos los irían deteriorando.
Por todo lo expuesto y salvo que aparezca nueva documentación de las brigadas municipales, carecemos de datos para determinar la procedencia de las mencionadas piezas que acaban de ser reparadas por el ceramista Fernando Malo y el escultor Frank Norton, embellecedores ambos de esta ciudad, cruel siempre con su esencia provinciana.

Alfar de F. Malo



