Lo poco que sabemos de la idealizada puerta Cinegia

Plaza de la Constitución. Enfrente, la calle de los Mártires con la edificación existente en 1908. Fondo Lloreç Nonell Sarret. Arxiu Comarcal del Maresme_ACM-70-439-427
Arrancaba el siglo III cuando los cesaragustanos creyeron necesario adosar una muralla de piedra a la primitiva de hormigón. Es posible que para entonces ya hubiese quedado sin uso la puerta fundacional correspondiente al sur del cardo máximo, cuyos restos, de estar, será en algún inasequible estrato bajo el Teatro Principal, ignota puerta que nada tiene que ver con la de la historia que nos trae.
Ésta de la que hablamos no fue sino el resultado de atravesar a pico los siete metros de muro buscando una salida al Coso y dando lugar a un paso estrecho, hoy coincidente con la calle de los Mártires.
Puesto que mártires abundan, es necesario precisar que nos referimos a los dieciocho inexcusables cristianos a los que allá por el año 303 mandó degollar un tal Daciano, pagano y crudelísimo gobernador que según nos contó el calagurritano Prudencio ordenó que como escarnio los cadáveres ardiesen en una pira hasta consumirse. El poema anónimo la “Pasión de los innumerables mártires zaragozanos”, escrito en época visigótica, ubicará la hoguera frente a la puerta conocida por Cinegia.
Que no existan reseñas contemporáneas al relato ni documentos que corroboren la presencia de un gobernador, ni buena ni mala persona, de nombre Daciano, no fue óbice para que los piadosos eruditos vinculasen el nombre Cinegia a la expresión latina “cinerum” (de las cenizas). Más creíble es que el enclave deba su nombre a los Sin-hayâ, familia bereber que habitó ese entorno en el periodo andalusí. En diciembre de 1118 el Batallador se hizo con la ciudad y sin más averiguaciones nombró a la puerta como Cineia. Para eso era el Batallador.
Rondando el siglo XV, inútil la muralla y expoliados los sillares, se fueron levantando sobre sus cimientos pequeñas viviendas. No así en los aledaños de la nuestra puerta, deshabitados durante décadas por servir de lugar de enterramiento al vecino Hospital de Nuestra Señora de Gracia.
Mas el punto de inflexión no llegará hasta 1492 con la inoportuna noticia de que los Reyes Católicos nos visitarían, insalvable dispendio que obligaba al Concejo a transformar la austera puerta Cinegia en otra monumental, cuentan las crónicas que lo suficientemente amplia como para que en lo sucesivo bajo su arco se celebrasen actos y representaciones, lo que lleva a deducir que la reforma incluiría las casas contiguas.

Plaza de España. Años 50. Embocadura de la calle de los Mártires manteniéndose la edificación correspondiente al siglo XIX, hoy desaparecida. Ediciones Arribas. Archivo Municipal de Zaragoza. ES. 50297. AM 04.01.02.01
Podríamos suponer que la puerta llegó con relativa entereza a 1808 y al final del primer asedio, momento en el que tras la retirada del ejército imperial y consciente de que lo suyo había sido una machada sin precedentes, Palafox quiso constatarlo gráficamente y requirió a Francisco de Goya, a quien, todo hay que decirlo, a sus mal llevados sesenta no le dio la gana proporcionar al general los dibujitos de destrozos que le pedía y en su lugar inventó un género periodístico cuya imparcialidad nunca ha sido superada.
Palafox había convocado también a los grabadistas Juan Gálvez y Fernando Brambilla, que menos ufanos sí se atuvieron al encargo. Brambilla dedicó su buen hacer a las huellas dejadas en la arquitectura por los obuses y la fusilería. Haciendo uso de dramáticas perspectivas y sombras reprodujo con fidelidad las vigas astilladas y las desmoronadas paredes del Seminario y los conventos de Santa Engracia, San José o Santa Catalina. Gálvez, aunque haría lo mismo, priorizó las hazañas y a sus protagonistas, a los que retratará uno a uno de cuerpo entero, llevándole su buen tiempo compendiar relatos y conocer localizaciones.
Teniendo en cuenta que los artistas llegaron a Zaragoza en octubre, apenas dispusieron de mes y medio antes del segundo Sitio. Quedándose hasta la capitulación, marcharon luego a Madrid y después a Cádiz, donde publicaron la serie dividiendo los grabados en tres grupos; batallas, paisajes y retratos, que firman alternándose dependiendo de su participación. Las láminas salieron a la calle en entregas de a tres entre 1812 y 1813, es decir, al cabo de cuatro intensísimos años, por lo que no es extraño que el desvanecimiento de algunos de sus recuerdos les forzase a simplificar o idealizar determinados escenarios. En cualquier caso, por si cupiese alguna duda, los dibujos preparatorios que conserva el Museo Lázaro Galdiano muestran la destreza con el lápiz de uno y otro autor.
Dibujado por Gálvez, el grabado aquí compartido narra el episodio en el que dos defensores se aventuran a recuperar un cañón abandonado en la calle del Coso, que en favor de la épica vemos sobredimensionada. Como sucede en la mayoría de estampas de la colección, para representar con nitidez a los personajes el grabador optó por el aguafuerte, en tanto la aguatinta, técnica empleada en los fondos, resulta en un degradado sobre el que se aboceta el “skyline”. De ahí que La puerta Cinegia aparezca esquematizada.
No hay más representación del monumento que ésta, que los zaragozanos preferimos dar por buena por estricta necesidad sentimental.

Calle del Coso. “Ruinas de Zaragoza”. Gálvez y Brambilla. 1812
Hemos de hacer notar sin embargo que en los planos levantados en 1734 y 1769 Carlos Casanova siquiera insinúa la existencia de un arco, no reflejado tampoco en la cartografía realizada por los topógrafos del ejército francés. Entre los cartógrafos inmediatos a los Sitios sólo Manuel Díaz en su “plano de la Inmortal Ciudad de Zaragoza” traza en la embocadura de la calle una especie de paso que aparenta ser un simple arco, que ni forma conjunto con las edificaciones anejas ni mucho menos se alinea con las fachadas al Coso.
Sea como fuere, la administración francesa ordenó la demolición la puerta Cinegia a causa de su penoso estado. La llamada calle “de la puerta Cinegia” arrancaba en el Coso y sin cambiar de nombre hacía un ángulo recto hasta la trasera de San Gil. En la prensa de posguerra nunca aparecen anuncios relacionados con fincas situadas en el primer tramo, tal vez por encontrarse reducidas a escombros, pero encontramos la evidencia de una nueva edificación en fecha tan temprana como marzo de 1834. En “el Diario de Zaragoza” se publicita el “Café de San Fernando”, situado en el “Coso, esquina al arco de Cineja”.
Cosa rara es un artículo que publica el “Diario de Zaragoza” el 25 de julio de 1836, donde un somarda colaborador bajo el seudónimo de “el Mudo” hablando de las muchas pastelerías de la ciudad dice: « si paso por el arco de Sto. Dominguito, pasteles, pasteles si voy por el Coso y pasteles si cruzo por el arco de Cineja». Menos explicable es que en su edición del 19 de julio de 1840 “La Aurora, Periódico semanal de ciencias, literatura y artes”, afirme en estricto presente: «conserva Zaragoza tres de estas puertas y algún vestigio de la cuarta… …y son la de Valencia, así llamada porque mira hacia aquella parte; la del Norte, que corresponde al magnífico puente de piedra, denominada del Ángel; la de Toledo que cae al Occidente; y la de Cineja…». Descartados los gazapos, podríamos achacar estas incongruencias a la costumbre popular de continuar mentando al arco como si permaneciese.
Definitivamente, en el plano de Gironza y Yarza de 1853 encontramos dos edificios embocando la que al fin vino a ser calle de los Mártires, caserones ambos que hoy sabemos fueron alzados aprovechando en sus bodegas restos medievales y romanos, lejos los tiempos en los que la autoridad francesa apostaba por el trazado de un paseo Imperial hasta el Ebro mediando un desescombro radical de las zonas afectadas por los bombardeos.
En la actualidad, de la fachada del número 2 de Mártires sobresale una pilastra a la que atribuimos el honor de ser el último vestigio de la puerta Cinegia, una columna que curiosamente aparece silueteada en el plano de Casañal de 1892 junto a otra similar localizada justo enfrente. Con todo, aun dando por bueno que las piezas perteneciesen a la estructura de la puerta medieval es improbable que un teórico gran arco ojival estuviese apoyado en ellas.

“Plano Topográfico de la Inmortal Ciudad de Zaragoza” (sección). Manuel Díaz. 1809. Y “Plano y Vista de la Ciudad de Zaragoza por el Septentrión” (sección). Carlos Casanova. 1769. Salida al Coso y a la hoy plaza de España de la calle Cinegia. En el primer caso el arco no parece una fábrica destacable
Concluyamos recordando que a finales del XX, intoxicada por los emocionantes eventos del 2008, la ciudadanía admitió sin escándalo la pérdida de estos edificios. En un brevísimo espacio temporal y ante nuestras narices nos fue robada una arquitectura esencial testigo de lo más denso de nuestra Historia y retratada desde el nacimiento del arte fotográfico.
Habiendo descartado Patrimonio que los inmuebles poseyesen elementos reseñables, las excavaciones no quisieron estorbar la consecución del ambicioso proyecto inmobiliario. No obstante, sus excelentes análisis pusieron en valor lo descubierto e instaron a las promotoras a dejar los elementos a la vista de clientes y vecinos. Si esto no es así, bien estaría denunciarlo.



